domingo, 8 de diciembre de 2013

ALEXANDRA DAVID-NÉEL, LA ILUMINADA, por Beatriz Casas Hernández

Una mujer diferente:
Alexandra David Neel (1868 /1969) llevó una vida en la que se halló constantemente viajando. Aparte de exploradora, tuvo otras ocupaciones: cantante, periodista, escritora, feminista, orientalista, pianista, fotógrafa, viajera y conferenciante. Ya desde pequeña era diferente y especial: se negaba a llevar corsé, vestía cómodos pantalones en sus viajes y en su edad adulta nunca tuvo hijos. Mientras que las demás chicas de su posición a lo mayor que podían aspirar era a casarse con un buen marido elegido con anterioridad por los padres, Alexandra ya se enfrentaba a los prejuicios de su época. Tan solo se casó cuando vio que siendo soltera nadie la respetaría ni reconocería.
Se casó en Túnez con Philippe Neel, ingeniero en jefe de los ferrocarriles tunecinos. Su vida de matrimonio se terminó porque en lugar de ser feliz casada con un ingeniero, se sentía enferma y angustiada porque se sentía encerrada en el matrimonio sin poder viajar. Así que se planteó “marcharse o marchitarse”. Pero al final se decantó por marcharse como era de esperar en una mujer con un espíritu tan aventurero.
Hubo muchos motores que impulsaron su vida: las ganas de viajar, los estudios, el querer saber… En mi opinión, lo que la impulsaba más fuertemente para seguir viajando y estudiando eran las ganas de sentirse libre y de no desaprovechar los días de su vida, porque el saber te da libertad, no te ata a lo que dicte la sociedad y puedes pensar sin que nadie intervenga en tus propias opiniones. Y, como citó, tenía la sensación de que los días de su juventud se le escapaban, vacios, sin interés, sin alegría… Ella entendía que el tiempo que estaba desperdiciando jamás lo podría recuperar. Sus padres estaban criando a un pequeño pájaro que quería volar, salir de la jaula y sentirse libre. Ella asegura que aunque no fueron peores que otros, le hicieron más daño que el más incansable de los enemigos. Por eso a nadie le extrañó que a los veintiún años se fuera de casa.
Por qué viajar:
Hubo muchos motores que impulsaron su vida: las ganas de viajar, los estudios, el querer saber… En mi opinión, lo que la impulsaba más fuertemente para seguir viajando y estudiando eran las ganas de sentirse libre y de no desaprovechar los días de su vida, porque el saber te da libertad, no te ata a lo que dicte la sociedad y puedes pensar sin que nadie intervenga en tus propias opiniones. Y, como citó, tenía la sensación de que los días de su juventud se le escapaban, vacios, sin interés, sin alegría… Ella entendía que el tiempo que estaba desperdiciando jamás lo podría recuperar. Sus padres estaban criando a un pequeño pájaro que quería volar, salir de la jaula y sentirse libre. Ella asegura que aunque no fueron peores que otros, le hicieron más daño que el más incansable de los enemigos. Por eso a nadie le extrañó que a los veintiún años se fuera de casa.
A los cien años renovó el el pasaporte “por si acaso” y antes de morir le dijo a su secretaria que “no sabía absolutamente nada y estaba empezando a aprender”.

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